El prisionero que siempre sonreía

29/Jul/2019

El prisionero que siempre sonreía

Ynet en Español
El prisionero de Auschwitz nro. 174005, quien jamás dejó de sonreír, falleció a los 91 añosNaftali Arian sobrevivió al campo de concentración de Auschwitz, y el miércoles, el hombre que perdió a todos y de todas formas se mantuvo optimista, falleció a los 91 años tras vivir una vida llena de amor con una sonrisa constante en el rostro.
En una visita a los campos de exterminio en Polonia, un grupo de oficiales le hizo una dura pregunta: “Naftali, ¿cómo es que siempre sonríe considerando todo lo que vivió en el Holocausto?”. Les contó de una ocasión en la que no había limpiado bien su mesa de trabajo y el comandante de la barraca lo azotó con un látigo.
“Cuando terminó, me paré y sonreí”, dijo Naftali al grupo, y explicó que unos días después iba a ser castigado de nuevo, pero ese mismo alemán le dijo: “Sal de aquí, sonríes cuando te golpeo”. “No volví a ser golpeado después de eso”, explicó Naftali.
Tenía 11 años cuando se desató la guerra. En ese entonces era un estudiante de quinto grado en su Cracovia natal, en Polonia.
Su familia fue llevada a la aldea de Skala, luego al campo de trabajo de Plaszow, y en 1944 llegó a Auschwitz, donde se le dio el número 174005. “Me llamaban 005, para ser breves”, dijo.
Estuvo en cuatro campos en tres años. Una vez se le preguntó si ayunaba en Yom Kippur, a lo que respondió que ya había hecho todo el ayuno que necesitaba.
Desde el campo satelital de Gliwice, cerca de Auschwitz, comenzó la marcha de la muerte en enero de 1945. Caminó 16 horas por día en la nieve y con frío. Pasó por el campo de concentración de Gross-Rosen, ubicado en lo que hoy es parte de Polonia, y fue liberado en Buchenwald en abril.
“Hubo muchos momentos difíciles”, dijo al recordar la vez en que robó papas, la vez en que fue golpeado hasta sangrar, y cómo su cuerpo se llenó de furúnculos llenos de pus. “Nunca dije una palabra. Solo parándome podía separar mi pantalón de mis heridas”, recordó.
Naftali también recordaba la última vez que vio a su abuela, cuando se encontraban en Skala, Polonia. “Los alemanes nos hicieron correr y saltar a un vehículo. A los que no podían saltar les dispararon. Mi abuela no podía saltar, y un polaco que colaboraba con los alemanes le disparó dos veces en el cuello. Ella de todas formas caminó hacia nosotros, y el hombre se le acercó y le disparó de nuevo. Aún puedo verla caer, como si fuera ayer”, recordó.
Tras la guerra, Naftali viajó a Israel, se casó con Sima y formó una familia con tres hijos, siete nietos y cuatro bisnietos. Pasó toda su vida en una hermosa casa que construyó él mismo.
Hace unos 20 años se enfermó y se sometió a dos cirugías cardíacas, pero continuó viajando a Polonia para dar testimonio de las atrocidades del Holocausto. “Para que la gente recuerde y nunca olvide”, dijo, y les pedía a sus oyentes que fueran “buena gente”.
Hace cuatro años su amada esposa falleció. “Finalmente tengo una tumba de un ser querido para visitar. Esta es la primera que tengo”, dijo Naftali.
Su salud comenzó a fallar hace unos meses, y las últimas dos semanas de su vida las pasó sedado hasta que murió el miércoles.